Lectio Divina Domingo V Semana de Cuaresma - P. Julio Gonzales C. ocd

17.03.2013 18:23

Lecturas bíblicas

a.- Is. 43,16-21: Mirad que realizo algo nuevo y daré bebida a mi pueblo.

En la lectura del profeta Isaías, nos presenta a Yahvé como Redentor y Santo, títulos que lo definen. Por lo mismo hará justicia, una justicia redentora. Se abre la memoria histórica, las grandes hazañas de Yahvé en Egipto y la liberación de la esclavitud, cómo pasaron por el Mar Rojo: todo lo hizo Yahvé. Abrió caminos en el mar y apagó el poderío del enemigo. El profeta nos dice ahora que todo eso se olvidará, cuando contemplemos lo que está Yahvé por hacer por su pueblo: un nuevo éxodo. A Israel en exilio se le pide fe en las maravillas que  Dios está por realizar. Aquí es donde la historia y la voluntad de Dios se compaginan para dar una luz de esperanza al pueblo de Israel. Ciro, el gran general, que conquistó Babilonia es el nuevo instrumento de Yahvé para la liberación de su pueblo. El mismo Dios que preparó el camino desde Egipto a la tierra prometida, ahora, prepara nuevamente la vía que a su pueblo conduce desde  el cautiverio babilónico su tierra Israel. Tendrán agua en abundancia para ellos y sus ganados, que a su paso van a encontrar en la estepa (v. 20). La generosidad de Yahvé, no la deben confundir con la idea que todas estas promesas, son el pago o premio a los méritos que han hecho en su cautiverio. No han dejado de ser pecadores en el destierro,  no invocaban a Yahvé, lo han olvidado. Todas las promesas nacen de la generosidad de Dios, responde así a su esencia divina, que es amor. No podía ser de otro modo. 

b.- Flp. 3, 8-14: Todo lo estimo pérdida comparado con Cristo.

El apóstol Pablo, nos invita a dejarlo todo por el conocimiento de Cristo, por estar en Cristo. Todo lo aprendido como fariseo ahora no vale nada en comparación con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, se coloca en la misma condición del pagano que recién llega a la fe. Con Jesús, hay que comenzar de cero, lo mismo el judío que el gentil, lo privilegios pasados de nada valen ante la justicia de ÉL, no la de los fariseos, como en el caso de Pablo. Toda su ciencia bíblica y rabínica queda atrás, la considera basura con tal de ganar a Cristo. El pensamiento paulino es  que Dios es más que la Ley de Moisés, más que la Biblia, más que el creyente, por lo tanto, el discípulo debe correr, no mirando hacia atrás, sino avanzar hacia la meta, que siempre es Cristo Jesús; y no hacer como uno que está instalado. La fe es dinámica y no un museo de verdades religiosas; el cristiano debe otear los vientos del Espíritu que rondan la sociedad para saber responder a los interrogantes con el conocimiento adquirido en el seguimiento de Cristo.

c.- Jn. 8,1-11: El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra.

Este evangelio nos narra la suerte de una mujer sorprendida en adulterio. Jesús después de predicar del agua viva (cfr. Jn.7,37-38), se retira al monte a orar al monte de los Olivas (cfr. Lc.4, 42; 6,12; 9,18; 11,1; 21,3738; 23,39-46). El pueblo vuelve a la mañana siguiente para dejarse enseñar por Jesús (v.2). Los fariseos y escribas, le traen una mujer sorprendida in fraganticometiendo adulterio, la ponen en medio entre Jesús y el pueblo (v.3). El destino era la muerte, lo que le da una carácter dramático al hecho, pero que era lo que menos le importaba a los escribas y fariseos. Ellos la acusan para desafiar a Jesús (vv.4-5). Ellos saben lo que haría Moisés pero quieren poner a Jesús frente a Moisés y la Ley (cfr. Jn. 6, 30-31; 9,29).De ahí la pregunta que le hacen: “Moisés nos mandó en la Ley apedrear a estasmujeres. ¿Tú qué dices?” (vv. 5-6), lo que nos advierte que la mujer era sólo un pretexto para enfrenta a Jesús contra la enseñanza de Moisés y tener motivos para acusarle (v.6). No tienen interés en la mujer, ni en el marido engañado, sino la posibilidad de encontrar incoherencias en el magisterio del joven rabino (v.6). El conflicto es fuerte y  público, se  esté desarrollando un verdadero proceso.El marido podía la demanda de divorcio, y esto era concedido en forma automática, el marido quedaba libre de la mujer, sin obligaciones para con ella (cfr. Nm. 5). El adulterio era considerado un pecado grave por la Ley de Moisés; su castigo era la pena de muerte, la mujer era lapidada (cfr. Dt. 22, 22). El joven rabino no sólo interpreta a Moisés, sino que es capaz de legislar como él. Si se pronuncia a favor de la aplicación de la ley, todo su discurso sobre la compasión y misericordia, quedaría en nada. En ese contexto político, los judíos habían perdido la capacidad de aplicar la pena de muerte quedaba en manos de los romanos (cfr. Jn. 18, 31). Si se pronunciaba en contra, estaba en problemas: ¿se podía uno fiar de un maestro que ahora aplica la ley, el mismo, que se opone de muchas de sus disposiciones? ¿Dónde queda su autoridad como maestro ante el pueblo? Después de esto: ¿Dónde quedaban sus pretensiones mesiánicas?  Jesús no la condena, escribe en el suelo, se da tiempo para dar una respuesta sensata y rescata a la mujer de la muerte. Se puede interpretar su gesto de escribir en el suelo, que así como Moisés escribió en la piedra, Jesús escribe su ley en la tierra; una ley que cuenta con la debilidad del hombre, capaz de arrepentirse y enmendarse desde su fragilidad (cfr. Jr.17,13). También se puede interpretar este gesto como indiferencia de parte de Jesús, decepción, por el procedimiento, trata de ignorar lo que se ha hecho. Inclinado sobre el hombre, no ha venido a condenar sino a salvar. Dado que los fariseos insisten, Jesús se levanta, restableciendo el diálogo y proponiendo que quien esté libre de pecado, lance la primera piedra (v.7; Lev.24,1-16;Dt.13,10; 17,2-7). Si bien no se sabe a qué pecado se refiere Jesús, seguramente se relacionaba a pecados del ámbito sexual; Jesús vuelve a su posición anterior, escribía en la tierra (v.8). Se necesitaban dos testigos para  aplicar la pena capital, más que las pruebas, el testimonio de los testigos era fundamental. Uno de ellos,  pronunciaba la sentencia, tenía el derecho de  tirar la primera piedra. La respuesta de Jesús fue un ataque frontal a esa mentalidad; nadie se atrevió a tirar ni una sola piedra. Nadie pudo presumir de estar sin culpa. Los ancianos se marchan, representaban la autoridad y la tradición, quizás también el pueblo; ante Jesús carece de sentido su actuar. Su ley era de piedra, la suya era escrita en la tierra,  es decir, en el corazón del hombre que acepta a Jesús. Los acusadores, ahora se van como acusados. La mujer sigue de pie y ÉL agachado sobre la tierra, quedan solos, como cuando lava los pies a sus discípulos, todo un Dios inclinado para ensalzar  al pecador. Una vez solos Jesús se convierte en Juez, luego de amonestarla, la absuelve, y la invita a no volver a pecar (v.9). La desdichada mujer ha encontrado la encarnación de la misericordia de Dios, que la absuelve de su culpa, le devuelve la vida. Jesús se dirige a la mujer como un tú, y no como un objeto, que se convierte en alguien que entra en comunión con el rabino al que denomina Señor, la invita a una vida nueva, cimentada en una relación justa con Dios. Clara alusión a la nueva alianza, anunciada por los profetas: ley escrita en el corazón por la fuerza y unción del Espíritu Santo (cfr. 2 Cor.3,6-7; Jr. 31, 31-33; Ez. 36, 25-27). Su palabra salvó una vida; es la misión de Jesús, signo de la llegada del reino de Dios entre los hombres y mujeres pecadores hoy en su Iglesia.

Teresa de Jesús, cuan agradecida de Dios estuvo siempre, del amor y delicadeza, con que Jesús trató a la mujer en su tiempo y hoy en su Iglesia. “Parece atrevimiento pensar yo he de ser alguna parte para alcanzar esto. Confío yo, en estas siervas vuestras que aquí están, que veo y sé no quieren otra cosa ni la pretenden sino contentaros. Por Vos han dejado lo poco que tenían, y quisieran tener más para serviros con ello. Pues no sois Vos, Criador mío, desagradecido para que piense yo dejaréis de hacer lo que os suplican; ni aborrecisteis, Señor, cuando andabais en el mundo, las mujeres, antes las favorecisteis siempre con mucha piedad. Cuando os pidiéremos honras, no nos oigáis, o rentas, o dineros, o cosa que sepa a mundo; mas para honra de vuestro Hijo, ¿por qué no nos habéis de oír, Padre eterno, a quien perdería mil honras y mil vidas por Vos? No por nosotras, Señor, que no lo merecemos, sino por la sangre de vuestro Hijo y sus merecimientos.” (CV 3,7).