Lectio Divina Jueves IV Semana de Cuaresma -P. Julio Gonzales C. ocd

15.03.2013 08:39

 

Lecturas bíblicas

a.- Éx. 32, 7-14: El becerro de oro.

La primera lectura nos presenta el acto de idolatría que pueblo de Israel comete, mientras Moisés está en el Monte Sinaí en diálogo con Yahvé. Esa fue una verdadera violación de la alianza, por lo que Dios quiere destruirlo y comenzar algo nuevo con Moisés (v. 10). Este responde suplicando por su pueblo que ha pecado, pero que el mismo Yahvé ha creado, sacándolo de Egipto, el que hizo promesas a los patriarcas. Dios finalmente acepta la súplica de Moisés por su pueblo. Lo que en el fondo se condena es el haber representado a Dios en la figura del toro, que tiene su origen en el culto cananeo de fertilidad. Culto que, sin embargo, fue aceptado por el reino del norte años más tarde (cfr. 1Re. 12, 26-30). Además de descubrir su pecado el pueblo, es decir, la distancia para con Yahvé, descubre Moisés un espacio teológico, donde Dios está abierto a la intercesión, a la misericordia y al perdón. La tarea de mediador de Moisés hace cambiar los designios divinos de querer crear otro pueblo, como si Israel ya no le perteneciera. Recordar la salida de Egipto, de su pueblo, hacer las promesas a los patriarcas, lo obliga para con sus descendientes. Si no es firme y constante en su palabra y acción, le restaría gloria ante las naciones paganas. Dios vuelve a llamar a Israel su pueblo (v. 14). Lo que el autor quiere comunicar, es cómo el pueblo de Dios,  representado por un hombre, posee una vocación salvadora de la gran familia humana. En ese pueblo de Dios, estaba el germen del auténtico pueblo del Señor: la Iglesia.

b.- Jn. 5, 31-47: Testigos a favor de Cristo.

Tres son los testigos de Jesús, que avalan su autoridad ante los judíos: el Padre, Juan Bautista y la Escritura. Se comienza con el testimonio del Padre: “Otro es el que da testimonio de mí” (v. 32). Sigue el testimonio del Bautista: consultado si era el Mesías, por los judíos, se confesó la voz que prepara el camino del Señor; anuncia los tiempos escatológicos. Testigo de la Verdad. Pero el testimonio más importante, es el que Dios Padre da de su Hijo, por medio de las obras que realiza, y la experiencia con la que lo reviste en su interior. Aceptar a Jesús, es entrar en comunión en esa experiencia del Padre y del Hijo, hasta llegar a comprender por medio de la fe, que Jesús es expresión del ser mismo del Padre. Jesús es voz, palabra y rostro del Padre, lo contempla quien creen en ÉL (vv. 37-38). Finalmente, acude a la Escritura. Toda ella es una profecía de Cristo. Si ellos investigan las Escrituras, entonces, ¿por qué no descubren a Cristo en ellas? Porque en ellos no está la vida de Dios, no está por lo tanto, el amor de Dios. Buscan la gloria de los hombres y no la de Dios, esa gloria mundana les ciega los ojos para ver la verdad. Acepta a Jesús, quien ama a Dios (vv. 42-44); quien acepta su palabra, tiene vida eterna, porque la Escritura habla de ÉL. Los judíos, no aceptan ninguno de los testimonios que ofrece Jesús, a través de sus obras, sencillamente porque están ciegos, buscando la gloria unos de otros, falta en ellos en definitiva el amor a Dios para caminar hacia Jesús. En esta Cuaresma revisemos nuestro andar hacia la Pascua de Jesús y nuestra, si va acompañada de la Escritura, de las obras y del amor de Dios y del prójimo.

Teresa de Jesús qué bien comprendió que las obras demuestran el amor que le debemos a Dios y al prójimo como testimonio de nuestra adhesión a Jesucristo el Señor. “Cuando yo veo almas muy diligentes a entender la oración que tienen y muy encapotadas cuando están en ella, que parece no se osan bullir ni menear el pensamiento porque no se les vaya un poquito de gusto y devoción que han tenido, háceme ver cuán poco entienden del camino por donde se alcanza la unión o piensan que allí está todo el negocio. Que no, hermanas, no; obras quiere el Señor; y que si ves una enferma a quien puedes dar algún alivio, no se te dé nada de perder esa devoción y te compadezcas de ella; y si tiene algún dolor, te duela a ti; y, si fuere menester, lo ayunes porque ella lo coma; no tanto por ella, como porque sabes que tu Señor quiere aquello. Esta es la verdadera unión con su voluntad; y que si vieres loar mucho a una persona, te alegres más mucho que si te loasen a ti. Esto, a la verdad fácil es; que si hay humildad, antes tendrá pena de verse loar. Mas esta alegría de que se entiendan las virtudes de las hermanas es gran cosa, y cuando viéremos alguna falta en alguna, sentirla como si fuera en nosotras y encubrirla.” (5 Moradas 3,11).