Lectio Divina Jueves Segunda Semana de Pascua - P.Julio Gonzales C. ocd

11.04.2013 08:52

 

Lecturas bíblicas:

a.- Hch. 5, 27-33: Testigos somos nosotros y el Espíritu Santo.

De dos cosas son acusados los apóstoles por el Sumo sacerdote: de desobediencia a sus órdenes (cfr. Hch. 4, 18-19), y por difamación, acusarles de la muerte de Cristo. Al haber despreciado su autoridad, se hacían dignos de castigo según la Ley. Esto da a Pedro la posibilidad de exponer un principio básico: la obediencia a Dios está por sobre la obediencia a los hombres. Obedecen a Dios, al predicar todo lo que hizo Jesús, a favor de los hombres. Pedro da más importancia a la segunda acusación: ese hombre, Jesús, cuyo nombre ni siquiera pronuncia el Sumo sacerdote, deben reconocer, que toda la ciudad habla de ÉL, por la predicación apostólica: reconocimiento y glorificación de Jesús, pero al mismo tiempo condena de quienes  lo mataron. Pedro, presenta el kerigma cristiano la muerte y resurrección de Jesús, en contraposición de lo que “vosotros hicisteis y lo que hizo Dios” (v. 30; cfr. Dt. 21,22). El rechazo que sufrió Jesús e su parte, fue un error que Dios reparó resucitando a Jesús de entre los muertos, el mismo Dios de sus padres (v. 30), si creen en Él, deberían aceptar a Jesús y la predicación de sus discípulos. Luego de su misterio pascual, Dios ha constituido a Jesús en Jefe y Salvador, como lo fue Moisés, “para conceder a Israel la conversión y el perdón de los pecados” (v. 31; Lc. 23, 34). Se destaca el hecho el acto humano de arrepentirse pero Lucas lo presenta, con un don de la gracia de Dios y la conversión, como esencial a la hora de considerarse cristiano. Importante el testimonio final de Pedro: “Nosotros somos testigos de estas cosas, y también el Espíritu Santo que ha dado Dios a los que le obedecen.» Ellos, al oír esto, se consumían de rabia y trataban de matarlos.” (vv. 32-33). Pero al testimonio apostólico se une la acción del Espíritu Santo que se infunde en aquellos que creen en Jesús Resucitado.

b.- Jn. 3, 31-36: El Padre ama el Hijo y todo lo puso en su mano

El evangelista usa categorías espaciales para hablarnos de arriba y de abajo; el Enviado del Padre viene de arriba, es decir del mundo divino, por lo mismo está sobre todo, enseña Juan Bautista. Este Enviado al mundo y a los hombres,  es igual a Dios. Este Enviado se contrapone con lo de la tierra. Insistir en el origen del Revelador, el Enviado Jesucristo, es para recalcar, que ninguna palabra de la tierra, puede compararse con las que proclame ÉL. Sólo ÉL puede hablar de las cosas del cielo, de lo divino y por lo tanto su testimonio es verdadero. El hombre debería aceptarla esta palabra interpelante, por medio de la fe, pero es rechazada (cfr. Jn. 1, 11). La razón de esta actitud es que el mundo, el hombre, ama lo suyo, y las palabras de Revelador, le resultan extrañas, por decir, lo menos, no corresponden a su realidad terrenal (cfr. Jn. 15, 19). Pero así como hay algunos que rechazan la Palabra, otros aceptan  su testimonio, aceptan al Revelador y con ello reconocen la veracidad de Dios (cfr. Jn. 1, 12). Hay una íntima relación entre el Revelador y el que lo envió, al aceptarlo se quiere acoger lo que Dios quiere comunicar al hombre por medio del Hijo. Se acoge porque es verdadero su testimonio. El que no cree en Dios lo hace embustero, porque no cree en el testimonio que Dios ha dado de su Hijo, es más, quien lo acepta tiene este testimonio en sí mismo (cfr. 1 Jn. 5, 10-11). En el Revelador es Dios mismo quien habla (v. 33-34), se acentúa la relación de identidad entre la palabra del Revelador y el Revelado, es decir, de Jesús no se pueden separar esas palabras. Aquí adquieren sentido las palabras de Juan: el Verbo se hizo carne, se hizo hombre. Hay otra afirmación importante acerca de la identidad entre la palabra de Jesús y la palabra de Dios: Dios no le dio el Espíritu con medida. El Padre comunica a su Hijo su Espíritu sin medida, sin ninguna restricción, es decir, la revelación traída por Jesús es completa. ÉL es la única palabra del Padre para el hombre de ayer y de hoy. No hay otra. El Padre ama al Hijo y ha puesto todo en sus manos, tiene la misma autoridad del Padre, por lo mismo, aceptarlo por la fe o rechazarlo, decide el destino final del hombre. Las palabras de Jesús son una seria advertencia, la persistencia en el rechazo, puede ser definitivo, es el ahora de la salvación para todo ser humano. Quien crea, tiene la vida eterna en sí.   

Santa Teresa ve en el Hijo el modelo de obediencia que por amor entrega la vida para la salvación del mundo “Pues ¿qué padre hubiera, Señor, que habiéndonos dado a su hijo, y tal hijo, y parándole tal, quisiera consentir se quedara entre nosotros cada día a padecer? -Por cierto, ninguno, Señor, sino el vuestro. Bien sabéis a quién pedís.¡Oh, válgame Dios, qué gran amor del Hijo, y qué gran amor del Padre! Aun no me espanto tanto del buen Jesús, porque como había ya dicho "fiatvoluntastua", habíalo de cumplir como quien es. ¡Sí, que no es como nosotros! Pues como sabe la cumple con amarnos como a Sí, así andaba a buscar cómo cumplir con mayor cumplimiento, aunque fuese a su costa, este mandamiento. Mas Vos, Padre Eterno, ¿cómo lo consentisteis? ¿Por qué queréis cada día ver en tan ruines manos a vuestro Hijo? Ya que una vez quisisteis lo estuviese y lo consentisteis, ya veis cómo le pararon. ¿Cómo puede vuestra piedad cada día, cada día, verle hacer injurias? ¡Y cuántas se deben hoy hacer a este Santísimo Sacramento! ¡En qué de manos enemigas suyas le debe de ver el Padre! ¡Qué de desacatos de estos herejes!¡Oh Señor eterno! ¿Cómo aceptáis tal petición? ¿Cómo lo consentís? No miréis su amor, que a trueco de hacer cumplidamente vuestra voluntad y de hacer por nosotros, se dejará cada día hacer pedazos. Es vuestro de mirar, Señor mío, ya que a vuestro Hijo no se le pone cosa delante, por qué ha de ser todo nuestro bien a su costa. ¿Porque calla a todo y no sabe hablar por sí sino por nosotros? Pues ¿no ha de haber quien hable por este amantísimo Cordero?” (CV 33,3-4).