Lectio Divina Jueves Tercera Semana de Pascua - P.Julio Gonzales C. ocd

18.04.2013 11:21

 

Lecturas bíblicas

a.- Hch. 8,26-40: Felipe y el etíope.

Los Hechos nos presentan, cómo el evangelio se iba expandiendo más y más, conquistando terrenos vedados hasta hacía poco tiempo. El etíope era un pagano, además por ser eunuco, excluido de la asamblea litúrgica judía (Dt. 23, 1). Quizás era simpatizante de la religión judía, de sus principios religiosos, pero no partícipe de la comunidad judía por su condición, sería el primer pagano admitido en el seno de la Iglesia. Felipe, uno de los siete diáconos, es presentado como evangelista (cfr. Hch. 21,8), predica y obra prodigios. Evangeliza Samaría, muy cercanos a los judíos, por lengua y religión, aunque considerados por éstos como cismáticos y fuera de la salvación.  La obra es del Señor que manda a Felipe a ir hacia el etíope y ponerse en camino. Se ve que el etíope hacía la lectura griega de la Biblia, en concreto del pasaje de Isaías (53,7-8); lo hace en alta voz. Texto difícil, que buscaba comprender quien era la persona dispuesta a realizar a favor del pueblo todo lo que decía la profecía. La Iglesia, aplicó el pasaje a Jesucristo el Señor. Para Felipe, en cambio, es el punto de partida de su trabajo apostólico. Luego de su catequesis y de anunciarle la Buena Nueva de Jesús al etíope germina la pregunta: “¿Qué impide que yo sea bautizado?” (v. 36). Hecha la profesión de fe, es decir, creer en Jesucristo, fue bautizado. Felipe continuó predicando el Evangelio con la fuerza del Espíritu Santo.

b.- Jn. 6, 44-51: Yo Soy el pan vivo.

El evangelista nos presenta la clara reacción de los judíos ante la frase de Jesús: “Yo soy el pan que ha bajado del cielo” (Jn. 6,41). Todos conocen el origen de Jesús. La murmuración del pueblo, recuerda la de los israelitas en el desierto contra Yahvé y su servidor Moisés. Mantiene en el trasfondo el evangelista el tema del maná, el milagro de la multiplicación de los panes y el nuevo tema, del pan de vida. La respuesta al origen de Jesús la encontramos cuando nos enseña que ÉL es el Enviado y Revelador del Padre; estaba en Dios y desde Dios baja para alimentar al hombre (vv.44-46). El mejor camino para conocer a Jesús y su origen es la fe, atraído por el Padre, a dar una respuesta manifestada en la Palabra. Es en la Escritura, donde encontramos el comienzo del camino, para ser guiados por el Padre hacia su Hijo. Así han hecho los que escudriñan las Escrituras rectamente, escuchan al Padre, son adoctrinados por ÉL. Hay que sentir la atracción de Dios hacia Jesús, en la propia existencia, para que cese la murmuración. Dios obra y enseña por medio de su Hijo, y en lo interior, en el tiempo anunciado por el profeta (cfr. Is. 54,13). Comer el pan de Dios, preparado para el hombre, es la etapa final de la historia de la salvación por la venida de Jesús, y creer en ÉL, es entrar en esta dinámica de vida nueva que prepara el juicio. Sólo este Pan de vida, Jesús,  realiza el proyecto de salvación que Dios tiene para el hombre: sólo ÉL vence la muerte, lo que no hizo el maná, sólo ÉL es el Pan vivo que baja del cielo, no el maná, sólo Él comunica vida eterna. Se acentúa el hecho de comer, y el asimilar la plenitud de la vida de Jesús, de todo aquel que se acerca a Jesús. Hoy más que nunca los cristianos necesitamos escuchar a Dios, para aprender, reconocer a su Hijo, en su palabra, y en la Eucaristía como alimento que sacie el hambre de Dios, de dignidad humana robada, de verdad y de justicia, de paz y amor que existe como vacío en nuestra sociedad. Muchos creyentes absorbidos por sus ocupaciones al reflexionar un poco, ven que sus fundamentos de fe han sido, sino del todo, corroídos por el materialismo. Unos reaccionan positivamente y vuelven a la fe, otros la abandonan, sin embargo, Dios quiere enseñarnos el camino hacia su Hijo, desde la Escritura.

Santa Teresa de Jesús, cada vez que comulgaba se sentía consumir toda ella en amor a Dios.  “No digo que es comparación, que nunca son tan cabales, sino verdad, que hay la diferencia que de lo vivo a lo pintado, no más ni menos. Porque si es imagen, es imagen viva; no hombre muerto, sino Cristo vivo; y da a entender que es hombre y Dios; no como estaba en el sepulcro, sino como salió de él después de resucitado; y viene a veces con tan grande majestad, que no hay quien pueda dudar sino que es el mismo Señor, en especial en acabando de comulgar, que ya sabemos que está allí, que nos lo dice la fe. Represéntase tan señor de aquella posada, que parece toda deshecha el alma se ve consumir en Cristo. ¡Oh Jesús mío!, ¡quién pudiese dar a entender la majestad con que os mostráis! Y cuán Señor de todo el mundo y de los cielos y de otros mil mundos y sin cuento mundos y cielos que Vos crearais, entiende el alma, según con la majestad que os representáis, que no es nada para ser Vos señor de ello” (V 28,8).