Lectio Divina Martes IV Semana de Cuaresma -P.Julio Gonzales C. ocd

11.03.2013 22:09

 

Lecturas bíblicas

a.- Ez. 40,1-3; 47, 1- 9.12: La fuente del templo.

La primera lectura posee un sabor profético pero al mismo tiempo escatológico de la gloria de Yahvé en medio de la tierra, más concretamente en el templo, de donde brota un caudal torrentoso de agua saludable. Es una clara alusión a una nueva vida, y a los ríos que regaban el paraíso terrenal. Ezequiel usa la imagen del río de Dios, antes había usado la del espíritu (cfr. Ez. 37, 14), aguas vivificantes, que brotan del templo, como eje centrar de la toda la vida de Israel. Este torrente caudaloso baja por el lado derecho del templo se une al Cedrón y va regando los campos hasta llegar al Mar muerto que convertirá sus aguas en dulces para favorecer la vida en ellas. Hasta donde llegue la corriente habrá vida (v. 9) queriendo destacar el contraste muerte vida, estepa y fertilidad, etc. La visión termina con el anuncio de una prosperidad nunca antes contemplada: “A orillas del torrente, a una y otra margen, crecerán toda clase de árboles frutales cuyo follaje no se marchitará  y cuyos frutos no se agotarán: producirán todos los meses frutos nuevos, porque esta agua viene del santuario. Sus frutos servirán de alimento, y sus hojas de medicina.» (v. 12). En los tiempos escatológicos la presencia de Yahvé será una bendición creadora y vivificante. El agua seguirá siendo signo de vida en el NT, Jesucristo, fuente de agua viva que salta  hasta la vida eterna, como le dirá a la samaritana (cfr. Jn. 4,14; Ap. 22, 1-2) y en la liturgia bautismal.

b.- Jn. 5, 1-3. 5-18: El enfermo de la piscina de Siloé.

Juan nos presenta el tercer de los signos de Jesús: la curación de un paralítico en la piscina de  Betesda. Jesús sube a Jerusalén con sus discípulos, en ambiente de fiesta, posiblemente la Pascua. El signo, Juan lo coloca cerca de la puerta de las ovejas, en la piscina llamada Betzatá, muchas personas esperaban ser sanadas por esas aguas. Ahí estaba un hombre, que hacía tiempo llevaba enfermo, esperando  un milagro; posiblemente era tullido, ya que no lograba llegar hasta la fuente, cuando se movía el agua, otros se le adelantaban. La iniciativa parte de Jesús: “¿Quieres recobrar la salud?” (v. 6). Apela a su voluntad de querer ser sanado: “Levántate, toma tu camilla, y anda” (v. 8). El signo se realiza con la colaboración del enfermo, pero sobre todo por la fuerza y el poder de la palabra de Jesús. El hombre una vez sano, toma su camilla y se va. Los judíos reclaman que era sábado y el tomar la camilla constituía un trabajo, en un día de descanso como ese (cfr. Mc. 2, 28). El hombre, ahora sano, se siente libre de la ley, Jesús le ha ordenado volver a casa. Mientras los judíos preguntan quién le ha dado esa orden, en el templo Jesús se dirige al hombre beneficiado con el signo y le da una última recomendación: “Mira, has recobrado la salud; no peques más, para que no te suceda algo peor” (v. 14). La intención de Jesús, apunta a la salvación de Dios, lo único importante de no descuidar. El mismo beneficiado, con el signo de Jesús comunica a los judíos Quién lo ha sanado, la reacción no se deja esperar: hay que perseguir a Jesús porque hace estas cosas en sábado y llama a Dios su Padre, igualándose a ÉL como si fuera Dios. La obra de Jesús es la obra del Padre (v. 17-18). También hoy Jesús nos pregunta si queremos ser sanados, de todas nuestras enfermedades del cuerpo y del alma. Recorramos el camino del agua del bautismo, que nos dio nueva vida, la filiación divina y la fraternidad eclesial. Revisemos nuestras opciones bautismales en esta Cuaresma y sigamos subiendo hacia Jerusalén, hacia la Pascua.  

Santa Teresa habla de quienes han escogido ingresar al castillo interior, es decir dentro de sí, por medio de la oración. Muchas necesitan que Jesús la levante. “Pues no hablemos con estas almas tullidas  que si no viene el mismo Señor a mandarlas se levanten, como al que había treinta años que estaba en la piscina (Jn 5,5), tienen harta mala ventura y gran peligro , sino con otras almas que, en fin, entran en el castillo; porque, aunque están muy metidas en el mundo, tienen buenos deseos y alguna vez, aunque de tarde en tarde, se encomiendan a Nuestro Señor y consideran quién son, aunque no muy despacio; alguna vez en un mes rezan llenos de mil negocios, el pensamiento casi de ordinario en esto, porque están tan asidos a ellos que como a donde está su tesoro se va allá el corazón, pone por sí algunas veces de desocuparse y es gran cosa el propio conocimiento y ver que no va bien para atinar la puerta. En fin, entran en las primeras piezas de las bajas; mas entran con ellos tantas sabandijas que ni le dejan ver la hermosura del castillo, ni sosegar. Harto hacen en haber entrado.” (1 Moradas 1,8).