Lectio Divina . Martes tercera Semana de Pascua - P. Julio Gonzales C. ocd

15.04.2013 22:51

 

Lecturas bíblicas:

a.- Hch. 7, 51-59; 8,1: Martirio de San Esteban.

El encendido discurso de Esteban, destaca las infidelidades del pueblo de Israel para con Dios, rechazo de su palabra. Persiguieron a los profetas hasta morir mártires, y ahora, cargan con la culpa de la muerte de Jesucristo, Justo (cfr. Jn. 3, 14: Sap. 2,10ss), es decir, al Mesías, el Siervo sufriente (cfr. Jn. 3, 14; Sab. 2,10ss). La Ley había sido por Yahvé a Moisés, pero Israel, la rechazó con su infidelidad, por lo mismo rechazó al Mesías a quien conducía esta expresión de la voluntad divina. Por lo que venía a decir que la Ley y el templo habían sido superados. Las palabras de Esteban en contra del Sanedrín era una crítica muy dura para sus oídos, para sus conciencias, rechinaban sus dientes de ira (v. 54). El colmo fue cuando dice ver al Hijo del Hombre, sentado a la derecha de Dios (v. 56), palabras insoportables a sus oídos. Era como si Esteban afirmara, que había tenido una epifanía, Dios aprobaba sus palabras, que los cristianos, sus hermanos, estaban en vías de salvación, mientras ellos permanecían resistiendo a la voluntad de Dios. El Sanedrín escucha las palabras de Esteban, como una blasfemia, el acusado se convierte en un acusador de los mismos que habían condenado de Jesús. Lo sacan fuera de la ciudad, y Esteban muere lapidado, como testigo de Jesús. El joven Saulo, cuida los vestidos de aquellos que lanzan las piedras o sea ejecutan la sentencia. Esteban ora con la sabiduría de los Salmos  y se dirige a Jesús, como centro gravitacional del creyente en el momento de la muerte, con la certeza de saber que Jesús, ha sido exaltado a la diestra del Padre. Si la semejanza no fuera poca con la Pasión de Jesucristo, el diácono Esteban, entrega su espíritu perdonando a sus enemigos. Se cumplen las palabras de Jesús pronunciadas durante su Pasión, que desde ese momento estaría sentado a la derecha del poder de Dios (cfr. Lc. 22,69).

b.- Jn. 6, 30-35: Mi Padre os da el verdadero Pan del cielo.

Juan, nos presenta en el evangelio, la reacción de la gente: la obra que Dios que hagan es creer en su Enviado, esto quiere decir, aceptar su Persona, su Palabra, fe. “¿Qué estaría justificando estas exigencias de Jesús? Si se presenta como un profeta al estilo de Moisés, debe realizar signos parecidos a los que él realizó. Le señalan el maná que sus padres comieron, como un signo venido del cielo, asociado a la pascua. Todo eso ya está cumplido: ÉL es el pan de Dios bajado del cielo. Pero atentos, que no fue Moisés, quien les dio el pan del cielo sino su Padre que está en los cielos. Moisés, les dio un pan perecedero, pan sobrenatural, si se quiere, pero que saciaba sólo el hambre natural. Jesús ofrece algo más, satisfacer todas las apetencias y exigencias existenciales del hombre. Jesús ofrece pan de vida eterna, que quita toda hambre. Venir a ÉL para saciarse, está muy ligado al tema de la fe, venir a ÉL es signo de creer en ÉL. La gente comprendió que ese pan era el verdadero, el que necesitaban, de ahí la exclamación: “Señor, danos siempre de ese pan.» Les dijo Jesús: «Yo soy el pan de la vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed.” (vv. 34-35). Este es el pan de Dios para el hombre que crea. Acercarse en la liturgia eucarística a recibir este pan de vida eterna, es para crecer en comunión con Dios Padre y con el prójimo que tenemos ahí a nuestro lado, compartiendo el mismo banquete preparado por el Señor Resucitado.

Santa Teresa de Jesús, nos exhorta el verdadero alimento del espíritu la palabra y la Eucaristía.  “ Es como si entra un criado a servir; tiene cuenta con contentar a su señor en todo. Mas él está obligado a dar de comer al siervo mientras está en su casa y le sirve, salvo si no es tan pobre que no tiene para sí ni para él. Acá cesa esto; siempre es y será rico y poderoso. Pues no sería bien andar el criado pidiendo de comer, pues sabe tiene cuidado su amo de dárselo y le ha de tener. Con razón le dirá que se ocupe él en servirle y en cómo le contentar, que por andar ocupado el cuidado en lo que no le ha de tener no hace cosa a derechas. Así que, hermanas, tenga quien quisiere cuidado de pedir ese pan; nosotras pidamos al Padre Eterno merezcamos recibir el nuestro pan celestial de manera que, ya que los ojos del cuerpo no se pueden deleitar en mirarle por estar tan encubierto, se descubra a los del alma y se le dé a conocer, que es otro mantenimiento de contentos y regalos y que sustenta la vida” (CV 34,5).