Lectio Divina Miercoles IV Semana de Cuaresma- P. Julio Gonzales C. ocd

13.03.2013 09:52

 

 

Lecturas bíblicas

a.- Is. 49, 8-15: El amor de una madre.

La primera lectura nos narra el regreso del pueblo judío terminado el exilio babilónico y en aumento el poder persa. Por una parte, está la visión teológica de los profetas, como Ezequiel y el segundo Isaías, y por otra la realidad de los judíos que aunque en el exilio, poseen bienes materiales bien trabajados, con altos cargos políticos, con propiedades, que deberían dejar si vuelven a Palestina, un país pobre y abandonado. Deben estos profetas elevar la esperanza de los judíos, si quieren que regresen, de ahí que el tema central sea la protección divina, inspiración profética que describe el regreso donde hasta la naturaleza colabora con ellos. Dios será el Pastor que los guía a buenos pastos y manantiales de aguas frescas y puras. Se volverán a repartir la tierra, como en los tiempos de Josué, los presos recobrarán la libertad y verán la luz los que vivían en mazmorras. El profeta canta la bondad de Dios que como una madre cuida a su hijo: “¡Aclamad, cielos, y exulta, tierra! Prorrumpan los montes en gritos de alegría, pues Yahveh ha consolado a su pueblo,  y de sus pobres se ha compadecido. Pero dice Sión: «Yahveh me ha abandonado,  el Señor me ha olvidado.» ¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ésas llegasen a olvidar,  yo no te olvido.” (vv. 13-15). No hay otra expresión de un amor tan entrañable como esta en el AT, donde Dios, se presenta como una madre amorosa y tierna para con sus hijos.

b.- Jn. 5, 17-30: El Hijo da vida a los que quiere.

El evangelista Juan nos presenta el discurso de Jesús con motivo de la curación del paralítico en sábado. Las primeras afirmaciones de  Jesús, nos habla de la unidad entre el Padre y el Hijo, de donde deriva todo lo demás (vv. 10-20). Su obrar, nace de la voluntad de Dios, de ahí que su misma autoridad nazca de esa unidad con Dios. Autoridad y obras son el fruto de esa comunión. En Cristo Jesús,  Dios está obrando esos prodigios, esos signos, con los cuales reconoce, que le muestra lo que debe realizar a favor de los hombres. La razón que da Jesús para ese proceder del Padre, es porque ama al  Hijo (v. 20). El signo de devolverle al paralítico, la salud y comenzar a andar, es símbolo del nuevo éxodo de Israel llevado a cabo por el Hijo, haciendo de él una nueva creación: lo Resucitará. De esa íntima comunión, en el mundo Jesús representa al Padre, por eso la devoción y el respeto que se le debe. Es el Hijo quien nos muestra el Rostro del Padre, ya que nadie lo ha visto jamás, en cuyo ser está la vida verdadera y la comunica a quien quiere; potestad confiada al Hijo por el Padre y sólo a ÉL (v. 21). Quien ya posee la filiación divina, posee también la vida eterna, luego de su muerte, a la llamada de Cristo, resucitará, y ese no conocerá Juicio alguno. Es una doble forma de vivir una misma escatología, como comunicación con Cristo y el Padre, en esta vida y su manifestación plena, en el último día. En la teología de Juan, la vida eterna se vive desde el momento en que se escucha la palabra de Jesús y se cree en el Padre, se libra así del Juicio y de la condenación eterna. Sin Jesús el hombre conoce las tinieblas, la esclavitud y la muerte eterna. La vida de Dios se expresa en las palabras y obras de Jesús, si se creen en el ÉL, se posee la vida eterna. La muerte no interrumpe esa comunión con Dios y al Juicio de que habla la Escritura, a Jesús le corresponde,  la categoría de Juez supremo, poder confiado por el Padre, porque es el Hijo de Dios e Hijo del Hombre (v. 27). A modo de síntesis, podemos decir, que el Padre ha concedido al Hijo su propia  capacidad de obrar, le ha dado la potestad de juzgar, y se le debe respeto. Quien cree en el Hijo, posee la vida de Dios y no conocerá el juicio final. Por último, se les dará la vida aquellos que viven sin esperanza, pero si escuchan a Jesús y creen en su palabra, se salvarán, y también a los que yacen en sus sepulcros que a su voz, se levantarán a gozar de la eternidad. Se repite la idea del comienzo: Jesús no hace nada por su cuenta, si no lo que dice el Padre: hace la voluntad del que lo envió.  

Santa Teresa de Jesús, colmada de gracias divinas, enseña en su Libro del Castillo Interior que la vida nueva que Jesucristo le comunica, debe estar al servicio de Dios y de prójimo. “¡Oh, cuando el alma torna ya del todo en sí! ¡Qué es la confusión que le queda y los deseos tan grandísimos de emplearse en Dios de todas cuantas maneras se quisiere servir de ella! Si de las oraciones pasadas quedan tales efectos como quedan dichos, ¿qué será de una merced tan grande como ésta? Querrían tener mil vidas para emplearlas todas en Dios y que todas cuantas cosas hay en la tierra fuesen lenguas para alabarle por ella. Los deseos de hacer penitencia, grandísimos; y no hace mucho en hacerla porque, con la fuerza del amor, siente poco cuanto hace y ve claro que no hacían mucho los mártires en los tormentos que padecían porque, con esta ayuda de parte de nuestro Señor, es fácil; y así se quejan estas almas a Su Majestad cuando no se les ofrece en qué padecer.” (6 M 4, 15).