Lectio Divina - Sábado Segunda Semana de Pascua- P.Julio Gonzales C. ocd

13.04.2013 11:38

 

Lecturas bíblicas:

a.- Hch. 6,1-7: Institución de los siete diáconos.

Este pasaje de Hechos nos va introduciendo en la realidad de la comunidad primitiva. Una realidad compuesta por diversos grupos culturales, mentalidad y condición social, se puede hablar de dos las dificultades entre judíos y helenistas, judíos de la dispersión. Si bien convertidos al cristianismo, no hablaban arameo, lo que creaba un problema lingüístico. La mayor diferencia era que al regresar a Palestina traían toda la influencia griega, cultura y filosofía, la religión al menos como la celebran en el templo, sacrificios de animales y rituales, era contrario a su concepción ética y filosófica de su modo de vivir la fe. Todo esto germina en el diverso trato que recibían en la comunidad, con perjuicio de los helenistas, en concreto sus viudas.  La comunidad elige siete varones justos para un nuevo oficio ministerial en la comunidad: los diáconos. Los apóstoles les imponen las manos y les confieren el ministerio, es decir, la participación en su mismo ministerio. Quedan asociados al oficio del que los confía hasta significar el traspaso del Espíritu del que impone las manos sobre el son impuestas, como lo fue Josué (cfr. Núm. 27, 18. 23).   Al nuevo estado se asocia, la gracia que el nuevo estado conlleva (cfr. 1Tim. 4, 14; 5, 22; 2Tim. 1,6). Lucas, deja claro que los siete varones, eran hombres llenos del Espíritu Santo y que poseían, dos de ellos, Felipe y Esteban, poderes como los apóstoles, además de predicar (cfr. Hch. 6, 8; 8, 26; 21,8). Los siete quedan unidos a los apóstoles en el gobierno de la comunidad, para su servicio; mientras los primeros se dedicarán a la oración y predicación, los segundos, se dedicaran a la caridad, servicio a los pobres, viudas, etc. Muchos abrazaban la fe, incluidos sacerdotes judíos, era el crecimiento de la Iglesia primitiva.

b.- Jn. 6,16-21: Jesús camina sobre las aguas.

Este breve pasaje de Juan, nos relata el caminar de Jesús sobre las aguas, una auténtica epifanía, al estilo del AT, con esa presentación, que el Señor hace de sí mismo: “Yo soy. No temáis” (v. 20). Mar Rojo y Pascua, en la mentalidad judía estaban estrechamente unidas, a lo que se asociaba el don del maná. Pareciera que Juan piensa en esa relación, el caminar de Jesús sobre las aguas, paso del mar  para desembocar en el don del maná, pan de la vida, nuevo maná, es el discurso eucarístico del evangelista. Luego de la multiplicación de los panes, Jesús rechaza el título de rey (Jn. 6,15), lo que provocó la decepción de los apóstoles por no asumir como el Mesías que ellos querían. Lo abandonan y se regresan a Cafarnaúm, solos sin Jesús entran en las tinieblas y hasta el mar se subleva. No aceptar el mesianismo de Jesús, invadió de oscuridad el alma de los apóstoles. Pero Jesús no los abandona, los busca y los encuentra temerosos, su palabra tiende puentes de amistad con cada uno de ellos. Jesús se mueve en la esfera de lo divino, ellos en lo humano y terrenal, su andar sobre el mar confirma su condición. El temor de los discípulos nace del encuentro con un hombre que encierra en su persona el misterio mismo de Dios. Verdadera epifanía, que devela la divinidad de Jesucristo, y salva a los apóstoles de la muerte. Querer recogerle en la barca y llegar a su destino, es una sola cosa, Cafarnúm, viene a significar la institución judía de la cual podrán desapegarse. El encuentro con Jesús, los capacita para unirse más al propósito del Mesías y crecer en su dimensión de discípulos.

Santa Teresa de Jesús, usa la imagen del mar para enseñar como Dios sube al alma a las alturas de la contemplación, sin esfuerzo del creyente sino que con su colaboración. “No parece sino que aquel pilar de agua que dijimos creo era en la cuarta morada, que no me acuerdo bien, que con tanta suavidad y mansedumbre, digo sin ningún movimiento, se henchía, aquí desató este gran Dios, que detiene los manantiales de las aguas y no deja salir la mar de sus términos, los manantiales por donde venía a este pilar del agua; y con un ímpetu grande se levanta una ola tan poderosa, que sube a lo alto esta navecica de nuestra alma. Y así como no puede una nave, ni es poderoso el piloto, ni todos los que la gobiernan, para que las olas, si vienen con furia, la dejen estar adonde quieren, muy menos puede lo interior del alma detenerse en donde quiere, ni hacer que sus sentidos ni potencias hagan más de lo que les tienen mandado, que lo exterior no se hace aquí caso de ello.” (6M 5,3).