Lectio Divina Sabado Tercera Semana de Pascua - P.Julio Gonzales C. ocd

21.04.2013 17:14

 

Lecturas

a.-Hch. 9, 31-42: Pedro en sana a un paralítico y resucita a una mujer.

La primera lectura, nos presenta otro de los sumarios, síntesis que usa Lucas, para hablarnos de la paz que gozaba la Iglesia en ese momento. Las iglesias, se iban multiplicando por el territorio de Judea, Samaria y Galilea, pero más importante, era su crecimiento interior, el servicio que prestaban los creyentes al Señor Jesús, Juez de vivos y muertos, como algo esencial de la vida cristiana (cfr. Hch. 10, 42; 17, 31).  Esa paz y tranquilidad daba paso, como la persecución, a una mayor expansión del Evangelio, espacio para la predicación y las obras, fruto de la fe de las personas. Las dos visitas que hace Pedro a Lida y Jope, en Galilea, habían sido evangelizadas antes por el diácono Felipe. Lucas, al narrar estos milagros realizados por Pedro y Pablo, en los Hechos deja en claro, que es Jesús, quien actúa por medio de su Espíritu, en ellos por la semejanza, que encontramos con los realizados por Cristo en los Sinópticos. Pedro sana al paralítico, de la misma forma, como al comienzo de la narración de los Hechos (cfr. Lc. 5, 17ss). La resurrección de Tabitá, evoca otros milagros realizados por Jesús (cfr. Lc. 8, 40). En ambos casos, la reacción de la gente fue una gran adhesión a Jesucristo y a su evangelio.

b.- Jn. 6, 60-69: Reacciones al discurso del pan de vida.

Las reacciones al discurso de Jesús, no se hacen esperar: decepción para unos, escándalo para otros, porque lo entendieron en forma literal. Aparece una vez, más la incomprensión tan propia del evangelio de Juan, ante el discurso de Jesús: habla de comer su carne. Pero la reacción y comentarios de la gente acerca de lo duro de su lenguaje (v. 60), conociendo su interior, afirma: “¿Esto os escandaliza? ¿Y cuándo veáis al Hijo del hombre subir adonde estaba antes?... «El espíritu es el que da vida; la carne no sirve para nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y son vida.” (vv. 61-63). Jesús es el Hijo del Hombre, Pan de  vida, carne y sangre que comunican vida eterna. Si hace esta entrega, es porque es el Hijo del Hombre. Para quien crea, esto no va a ser causa de escándalo, sino que acepta la Palabra de Jesús; se escandaliza quien no conoce realmente a Jesús. El Espíritu, es el que da vida, sólo quien posee la plenitud del Espíritu, puede entregar su carne y sangre como alimento y principio de vida eterna. La pregunta a sus propios discípulos es comprensible: “¿También vosotros queréis marcharos? Le respondió Simón Pedro: «Señor, ¿dónde quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios” (vv. 67-69). Pedro en nombre de todos los discípulos confirma su adhesión a Jesús, como el Santo de Dios. Las palabras de Pedro son una clara profesión de fe (cfr. Mt. 16, 16). Juan quiere recalcar que sólo después de la Ascensión del Hijo del Hombre a la diestra del Padre, es posible recibir el don de la Eucaristía y la mención del Espíritu Santo se refiere a la fe que se necesita para vislumbrar en la Eucaristía, el Cuerpo y la Sangre de Jesús, Hijo del Hombre. Sólo la acción del Espíritu hace de la Eucaristía un don del Resucitado para su Iglesia.

 Santa Teresa de Jesús, manifiesta su fe en la Presencia real de Jesucristo en la Eucaristía. “No os habéis de engañar pareciéndoos que esta certidumbre queda en forma corporal, como el cuerpo de nuestro Señor Jesucristo está en el Santísimo Sacramento, aunque no le vemos, porque acá no queda así, sino de sola la divinidad. Pues ¿cómo lo que no vimos se nos queda con esa certidumbre? Eso no lo sé yo, son obras suyas: mas sé que digo la verdad, y quien no quedare con esta certidumbre, no diría yo que es unión de toda el alma con Dios, sino de alguna potencia, y otras muchas maneras de mercedes que hace Dios al alma. Hemos de dejar en todas estas cosas de buscar razones para ver cómo fue; pues no llega nuestro entendimiento a entenderlo, ¿para qué nos queremos desvanecer? Basta ver que es todopoderoso el que lo hace, y pues no somos ninguna parte por diligencias que hagamos para alcanzarlo, sino que es Dios el que lo hace, no lo queramos ser para entenderlo” (5M 1,11).