Lectio Divina- Sabado V Semana de Cuaresma - P. Julio Gonzales C. ocd

23.03.2013 15:17

 

Lecturas bíblicas

a.- Ez. 37, 21-28: Serán mi pueblo y yo seré su Dios.

El profeta Ezequiel también usa el símbolo para expresar su mensaje al pueblo. Escribir los nombres de Judá y José o Israel en dos varas y luego de atarlas, las lleva en sus manos. El mensaje es claro: la historia de Israel desde los tiempos de David, promete en nombre de Yahvé, la repatriación y la unidad en la tierra prometida, bajo la égida de un nuevo rey David. Fue este rey quien consiguió la unidad de Israel, Salomón la conservó pero no la supo transmitir, tiempo de unidad teocrática. Luego de la división en dos reinos, Israel y Judá, pierde su unidad teocrática, siendo alejadas de la tierra prometida. El anuncio de Ezequiel es precisamente el anuncio del retornar a la unidad, bajo la égida de un nuevo David, tiempo en que no habrá división, fruto del pecado y del desorden. En esta repatriación será esencial la purificación de toda idolatría, preparación inmediata a la nueva alianza, alianza de los tiempos mesiánicos, que Cristo Jesús llevará a cabo en el altar de la Cruz, con su sangre derramada para el perdón de los pecados. Este pastor, lo identifica así el profeta, con el mismo Dios, “único pastor” (v. 24) de ellos. Anuncio del misterio de la Encarnación, garantía de esa insistencia que encontramos en que esta alianza es para siempre, con una paz y bienestar estable. La nueva alianza  tiene características propias: al mismo Dios que la realiza, Israel ahora será para siempre su pueblo, un santuario en medio de ellos, presencia vivificante y salvífica; el nuevo David será el único pastor y finalmente la promesa de convertir a Israel en instrumento de salvación para todos los pueblos: “Y sabrán las naciones que yo soy Yahvé, que santifico a Israel, cuando mi santuario esté en medio de ellos para  siempre.” (v. 28). La Iglesia es sacramento universal de salvación.

b.- Jn. 11, 45-57: Para reunir a los hijos de Dios.

Este evangelio nos narra la decisión de las autoridades judías para decidir la muerte de Jesús. Serán los signos que hace Jesús los que provocaron la alarma de las autoridades, como la resurrección de Lázaro, las que deciden su muerte inminente. Estos signos pueden provocar en el pueblo un levantamiento a favor de Jesús, lo que provocaría la intervención de la guarnición romana asentada en Jerusalén. En el fondo, temían que las instituciones judías, en particular el Templo, desaparecieran. Caifás teme que la fama de Jesús y su magisterio, transformen profundamente la religiosidad de los judíos. Sumos sacerdote y fariseos, pertenecían a los saduceos, amigos de Roma, controladores de las fianzas, especialmente del templo. El triunfo de toda clase de movimientos mesiánicos, era su ruina, porque el poder romano caería sobre ellos para sofocarlos y el fin de su poder sobre la gentes. Sabemos que fue Anás, suegro de Caifás quien  movía en las sombras todos los poderes de la política, economía y sacerdocio del templo. Con ello el evangelista nos presenta un sacerdocio, que depende del poder romano.  La profecía de Caifás, que propone la muerte de uno, Jesús, es para que no perezca Israel o todo el pueblo de Dios. Totalmente contraria, es la idea que nos presenta el evangelista que contempla la muerte de Jesús, como la que restablece al pueblo de Dios, no solo a judíos sino también a todos los que crean en ÉL. Pero los propósitos de las autoridades son conocidos por Jesús, por lo cual se retira al desierto porque no ha llegado su hora. Este ir al desierto, mientra el pueblo sube a Jerusalén a purificarse, supone el inicio de un nuevo éxodo, el de la Pasión. Sin embargo, la gente en Jerusalén pregunta por Jesús, les interpela su persona y su palabra. Existía la orden de detener a Jesús, si alguien lo veía por Jerusalén. A ÉL lo podían encontrar en el desierto, no en el templo, ya había iniciado su éxodo de el y de sus instituciones, las había superado, ahora se va a iniciar la verdadera purificación y entonces podrán encontrarlo los que lo busquen. 

Santa Teresa de Jesús no duda un instante en vincular el misterio pascual de Cristo con la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Estar junto a Cristo es siempre lo mejor.  “Hele aquí sin pena, lleno de gloria, esforzando a los unos, animando a los otros, antes que subiese a los cielos, compañero nuestro en el Santísimo Sacramento, que no parece fue en su mano apartarse un memento de nosotros. ¡Y que haya sido en la mía apartarme yo de Vos, Señor mío, por más serviros! Que ya, cuando os ofendía no os conocía; ¡mas que conociéndoos, pensase ganar más por este camino! ¡Oh, qué mal camino llevaba, Señor! Ya me parece iba sin camino, si Vos no me tornárais a él, que en veros cabe mí, he visto todos los bienes.” (Vida 22,6).