Lectio Divina - TRIDUO PASCUAL JUEVES DE LA PASION- P.Julio Gonzales C.ocd

28.03.2013 16:08

 

Comienza la Iglesia la celebración del Triduo Pascual con el Jueves Santo, es una fecha memorable para el cristiano. Eucaristía, Sacerdocio y Mandamiento del Amor fraterno, son una realidad que el amor de Dios dona al hombre gratuitamente. Comienza el Triduo Pascual, cuyo centro es la redención humana, por medio de la pasión, muerte y resurrección de Cristo. La Eucaristía, es memorial de ese misterio pascual hasta que vuelva al final de los tiempos, Sacramento y Sacrificio de Jesucristo para pueblo cristiano. En la Última Cena, hay dos gestos de Jesús, acciones de servicio al prójimo: el lavado de los pies y la mesa común, en que por primera vez los Apóstoles participan de su Cuerpo y Sangre. Ambos gestos son expresión de servicio, amor y entrega por parte de Cristo, e invitación para hacer lo mismo, pues ambos gestos, Jesús manda que repitamos en memoria suya (cfr. Mt. 26,19).

Lecturas Bíblicas

a.- Ex. 12, 1-8.11-14: La Cena pascual judía

La primera lectura, encontramos la narración de cómo celebrar la Pascua del Señor. Es la fiesta de la liberación de la esclavitud de Egipto. Si bien hay que celebrarla de prisa, el autor sagrado se da tiempo para detallar cómo la familia debe reunirse y conmemorar. Se come un cordero, con panes ázimos y con hierbas amargas. Se celebraba en plenilunio, sin sacerdote, sólo la familia. Se ungían las puertas de las casa con la sangre del cordero. Se celebra la liberación de la servidumbre en Egipto, el paso por alto Señor, del ángel exterminador, que los dejó con vida, porque vio la sangre del cordero en sus puertas. Son los primogénitos que fueron rescatados de la muerte y ahora son propiedad del Señor. La Pascua no es sólo pasado, memoria, sino que se revive al momento de la celebración, pero además es promesa y esperanza de la salvación en su plenitud. La Pascua cristiana, tiene el mismo sentido liberador, pero con un contenido nuevo: es el paso de la muerte a la vida, de Jesucristo, que triunfa sobre la muerte, el pecado y el mal para darnos vida de hijos de Dios, en su Iglesia, preparados por la participación de la Eucaristía, para el banquete en el Reino de los Cielos.

b.- 1Cor. 11, 23-26: La Cena del Señor.

El apóstol Pablo, nos introduce en cómo celebraban las primeras comunidades cristianas la Eucaristía. Este pasaje, en el fondo, es una llamada de atención por la falta de caridad y unidad que había en esas reuniones eucarísticas. El primer abuso, que se daba era el comer antes que se reuniese toda la asamblea, no había una sana distribución de los bienes: mientras los ricos comían lo suyo, sin esperar a los pobres, éstos pasaban hambre. Además, los ricos comían en exceso, frente a los pobres, que aparecían como cristianos de una clase inferior. Pablo catequiza desde lo que él había aprendido del Señor, en la comunidad de Antioquía. Su relato coincide con Lucas, y no con otros dos Sinópticos. Pablo, recalca la muerte de Jesús, como sacrificio cruento: partió el pan, es decir, “cuerpo que se entrega por vosotros”, tomó la copa, es la “nueva Alianza en mi sangre”. Jesús luego les ordena que repitan este gesto en memoria suya (vv. 24-25). Como la Pascua deberá ser celebrada de generación en generación, es memorial suyo (cfr. Ex. 12,14). Así como la Pascua judía recalca la liberación de la esclavitud de Egipto, la cristiana es la celebración de la Resurrección de Cristo, el paso de la muerte a la vida lo que trae la liberación a la humanidad de la muerte, el pecado y del mal que tendrá su culminación en la vida eterna para cada cristiano. El bautizado es incorporado a la muerte de Cristo, pero para resucitar a una vida nueva. El Sacrifico eucarístico nos da la vida nueva de resucitados, vida eterna anticipada, hasta alcanzar la eternidad, la unión con Dios definitiva, una vez terminado el camino de fe en esta vida.

c.- Jn. 13, 1-15: El lavatorio de los pies.

El evangelista, por primera vez, nos señala que la vida y muerte de Cristo es un signo de amor a los suyos (vv.1-3). Un secreto, que se revela ahora, en los últimos instantes (cfr. Jn. 13, 34; 15, 9. 13; 17,23). Amar a sus discípulos hasta el extremo, es dar la propia vida por ellos. Entrega necesaria para que venga la plenitud de esa donación de vida de parte de Cristo, con la venida del Espíritu Santo. Por los suyos podemos entender los discípulos, pero el apóstol Juan,  nos hace pensar en todos los hombres, en forma universal, y no sólo Israel o sólo los apóstoles (cfr. Jn. 11,52; 10, 3-4. 14; 15, 19; 17, 4. 6). Esta comunidad, que ahora celebra, se abrirá a lo universal, como un solo rebaño y con un solo Pastor (cfr. Jn. 10, 6). A esa realidad apunta la intención de Jesús, amor hasta el extremo de dar su propio Espíritu a los creyentes (cfr. Jn. 19, 30). Este comienzo, que habla de este amor desbordante, es la puerta para que esta realidad del Corazón de Cristo se haga presente hasta el final del evangelio; Juan quiere mostrar un amor que ha cumplido todo cuanto entraña en sí en la palabra y obras del Maestro.

Un segundo momento lo marca el lavado de pies (vv.4-5), antes de la cena: Cristo manifiesta su entrega, su amor a los suyos asumiendo esta actitud de Siervo. Toda la existencia de Jesús es un inclinarse delante del hombre para servirlo de diversas formas desde la Encarnación hasta la muerte en Cruz, Siervo hasta el final. El apóstol, señala cómo Satanás había puesto en el corazón de Judas, el deseo de entregar a Jesús en manos de sus enemigos. Pero además nos dice cómo el Padre ha puesto todo en manos de su Hijo, que de ÉL ha venido y a ÉL vuelve (cfr. Jn. 3, 35; 10, 18. 30. 38). Con este gesto de lavar los pies a los suyos, Juan presenta al Maestro, en toda su humanidad y divinidad. Se quita el manto, se pone en actitud de esclavo, se despoja de su señorío, y se ciñe una toalla, para secar los pies de sus discípulos una vez lavados. Se quiere recalcar el servicio que presta Jesús a los suyos, ya que por dos veces se habla de esta prenda, y no señala que se la quitara, con lo cual, el Maestro no pierde su condición de Siervo de sus amigos.

Un tercer momento lo encontramos en el diálogo de Jesús con Pedro (vv.6-11), pues éste, se opone a que le lave los pies. Se trata de entender el señorío de Cristo, que ÉL entiende como servicio, el otro como un honor. Pedro, rechaza la Cruz para su Señor, y así entrar en la gloria (cfr. Mc. 8, 31-33). Este gesto no lo comprende ahora, le dice Jesús, lo comprenderá más tarde (v.7), luego de la Resurrección, él con su martirio (cfr. Jn. 13, 12-17). En Juan, la Pascua, es tiempo de comprensión de las Escrituras, y del cumplimiento de lo dicho por Jesús (cfr. Jn. 2, 22; 12,16). La negativa de Pedro, puede terminar en romper relaciones con su Maestro, por ello le advierte: “no tener parte”, con ÉL, en la herencia de la tierra prometida, tema que está presente en todo el AT, alcanza su cumplimiento en Cristo Jesús, que nos promete la vida eterna, verdadera patria del cristiano. No tener parte con Jesús, era quedar autoexcluido de la herencia que Dios había puesto en las manos de Hijo. Luego de esta seria advertencia, Pedro quiere que le lave, no sólo los pies, sino también la cabeza, en definitiva, lo entendía sólo como un baño ritual, más tarde lo llegará a comprender como un acto de humillación de Jesús, pero  como un gesto que abarca toda la existencia de Jesús desde su Encarnación. Pedro, no comprende que el gesto de Jesús es de humildad, porque no conoce desigualdad entre los hombres. No hay grandeza humana, a la que deba renunciar por humildad, sino la única grandeza humana, consiste en ser como el Padre, donación total y gratuita de sí mismo. Jesús declara que todos están limpios, excepto Judas, están purificados porque han escuchado su palabra (cfr. Jn. 15, 3) y su sangre preciosa ha sido derramada (cfr. 1Jn. 1,7). Todos los discípulos están limpios, porque se han adherido al designio de Jesús, excepto Judas (cfr. Jn. 6, 67-71), unión que luego hay que integrar a la vida personal. El lavatorio de los pies, es la entrega de Jesús hasta la muerte. Para el discípulo, es redención de su condición pecadora, hasta convertirlo en hijo de Dios, para dar paso a la entrega entre sí de todos los discípulos, haciendo cada uno su proceso de kénosis, es decir, vaciamiento total de sí mismos, a ejemplo de Jesús. Sólo así estarán preparados para la Resurrección. La comprensión del gesto de Jesús, una vez que vuelve a la mesa, es asumir que el servicio será parte constituyente de la comunidad de los discípulos entre ellos y con el prójimo, imitando el gesto de del Maestro, que pide disponibilidad afectiva y efectiva de estar al servicio unos de otros. Acoger a Jesús, es acoger al Padre que lo envió, que lava los pies de los que creen en su Hijo, es decir, Dios al servicio del hombre.